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Sangre Azul By Martin Sampedro

 

 

Que yo sepa, ningún rey ha traído del otro mundo la sangre derramada en su nombre. Ni roja ni azul.

Despreciar con tenedor dorado la ropavieja de un miércoles puede resultar tan cruel a la vista de un pobre como abandonar al sol la abismal mirada de unos platos vacíos.

Esa mancha de tinto derramado sobre el fino mantel de oropeles se tornará púrpura y enigmática tras el abandono crepuscular: un lienzo de delirios creados por la necesidad y el azar. Así es el arte.

Hay algo intenso, divertido y voraz en el proceso de un artista cuando aborda la necesidad de darse. Eso me ocurrió al brotar la “Sangre Azul”. Unas migajas de humor y amor reconfortan el tiempo muerto y me alivian del espanto cotidiano. Un divertimento.

Aún resuenan en mi mente los ecos de Ouka Leele diciendo: “¡Martín, tu risa podría desenroscar todos los tornillos del universo!”. ¡Ojalá la sangre tuviera el precioso color del amor y los tornasoles de la risa contagiosa!

En torno a 2008, estábamos pasando la crisis de la burbuja, y yo, frente a la pantalla, trataba de comprender qué sucedía. No me refiero exclusivamente a la situación de la crisis, sino también a mi situación personal, que tenía cierta similitud con el proceso inflamatorio que nos había llevado al colapso. Pensé que, de la misma manera que los trapos sucios de la familia se lavan en casa (o, mejor dicho, se ocultan en casa), había algo turbio en las operaciones inmobiliarias en España y, en particular, en las del yerno del gran padre. Me vino a la mente el recuerdo de un reportaje en el que decía a sus hijos: “Hijos, que yo no tengo dinero… que yo no tengo dinero… ¿Qué os habéis pensado, que por ser el Rey…?” (Lo mismo nos decía mi padre: “Que la vaca solo tenía una teta, que venían las incompatibilidades…”). Cuando comenzaron a aflorar los asuntos del yerno, me dije: “La está liando. ¡Pero por qué no les dan una casa digna y se dejan de trapicheos! ¡Pobres reyes!”. Entonces salieron a la luz los innumerables tropiezos y resbalones, el elefante en la cacharrería, etc. Todo tan previsible como la crisis que nos tocó padecer. Antes de firmar la Constitución, deberían haberla leído detenidamente, con especial atención al artículo 47, referente a la vivienda, y al artículo 20, sobre la libertad de expresión. También la letra pequeña del artículo invisible número “sex”: “Para la jodienda no hay enmienda”.

El caso es que, a mediados de mayo de 2011, por falta de efectivo, me vi haciendo la compra con la tarjeta de El Corte Inglés. Aún no era 15 de mayo. Al volver, bajo la estatua ecuestre de Carlos III me topé con una marabunta de gente alegando. La imponencia del gentío, expresándose y reordenando el sistema, además del peso muerto de mis bolsas cargadas de comida comprada a crédito, me contagiaron de una excitación tan intensa como el sentimiento de indignación que nos hermanaría desde ese rebelador instante en la Puerta del Sol.

Insólito, tal vez histórico. Corrí a casa a por la cámara. En adelante, cada día bajaba a escucharles y a hacer las fotos que, durante un tiempo, fueron comunes para todas las miradas, cámaras, teléfonos, redes sociales y medios de comunicación. Allí nos encontrábamos amigos y gente que hacía tiempo no veía. Se sentía la complicidad por encontrar soluciones al descalabro que los constructores, políticos y banqueros habían tramado a nivel mundial.

Por lo visto, el Estado y los ayuntamientos sostenían una economía famélica que se nutría de los impuestos generados por las transacciones inmobiliarias, permitiendo la escalada de precios en beneficio de intereses, plusvalías, comisiones administrativas y fiscales, ajenos a la deriva ya pronosticada. Una operación especulativa que se inflaba con el volátil gas de los desahucios, la deuda, la intervención y el rescate. Lo mismo pasaba con la corrupción institucionalizada. Para que una organización política se lleve el 3%, solo hay que hacer la vista gorda mientras se baila el misterioso vals del dinero. Estas son las cosas que se le perdonan al padre, las que se aprenden en casa: la mentira piadosa, la culpa, la dominación, la deuda, la sumisión, la evasión, la ausencia, el pecado original. El pan nuestro de cada día. Pan para hoy, hambre para mañana.

El patriarcado es un legado que sobrevive por una extraña genética de imposiciones, privilegios y conceptos obsoletos, nocivos incluso para el ecosistema. La codicia, la envidia: nadie tiene suficiente. No basta con tener más, hay que tener más que el prójimo para ser alguien. Pero, que yo sepa, ningún rey se ha llevado al otro mundo la sangre derramada en su nombre. Ni roja ni azul. Lo mismo pasa con billetes, comisiones y ladrillos.

Cada día, de vuelta de los paseos nocturnos por Sol, comencé a desarrollar estas imágenes, que mostraban la historia de amor de una familia ejemplar, la familia real. En 2013, al hilo de los acontecimientos e incertidumbres, publiqué el primer video con las imágenes construidas en 3D, más allá de la narrativa oficial. En ocasiones, recibía denuncias desde el anonimato que me bloqueaban las cuentas sociales por mostrar una teta o boberías así. También me excluyeron de algunas exposiciones. Me movía en los límites de la fotografía, eso que ahora llaman postfotografía, postverdad, inteligencia artificial. Mientras trabajaba, rezaba un sencillo mantra: “Podrán joderme la vida, pero el presente me pertenece”. Así me he ido ganando el título de outsider en la ortodoxa iglesia de la oficialidad. De pronto, la nueva Ley de Seguridad Ciudadana (Ley Mordaza) definió nuevos límites a la libertad de expresión. Me dio por pensar que sería conveniente retirar los videos e imágenes. Tal vez mostrarlas en el futuro, cuando se pudieran apreciar con perspectiva.

Admirado con la reciente creación del ejemplar museo “Galería de las Colecciones Reales”, ahora que vivimos inmersos en el mundo fake, rodeados de memes, sometidos al relato nuestro de cada día, no parece que mis imágenes puedan resultar ofensivas. Más allá del divertimento, son la expresión artística de ese tiempo que viví, el homenaje a una familia divina y humana, tan estructurada y desestructurada, real e irreal; tan impuesta como la tuya y la mía.

¿Quién sabe si los debidos retoques a la ley mordaza lograrán devolvernos la plena libertad de expresión? ¿O será la misteriosa barrera entre inteligencias la clave para un nuevo cisma, con que penalizar la natural inteligencia del artista?

“Crisis? What Crisis?”, respondió a la prensa en los años setenta el primer ministro del Reino Unido, James Callaghan, al volver de sus vacaciones por el Caribe. De ahí salió el título del memorable disco de Supertramp que ahora escucho en vinilo. Mientras, doy los toques finales a este texto… y contemplo una rosa dorada, color fuego, color miel, color piel, que me habla de mi abuela Rosa.

Y, sin otra risa, por lo visto, trato de asimilar la incómoda realidad de que el color de la sangre no es otro que el color del dinero, por la gracia de Santa Perpetua Crisis, San Deudardo Crónico y sus floridos mantos de promesas incumplidas.

Mientras tanto…

¡Salud y Libertud! 

 

 


«SANGRE AZUL» Martín Sampedro 2013 | Música: “Les barricades mistérieuses”. François Cuperin 1717

 

 

 

Libro Sangre Azul Martin Sampedro

Descargar el libro. «Sangre Azul» By Martïn Sampedro. Una historia real.

 

 

 

 

 

 

Sobre «SANGRE AZUL» Martín Sampedro 15/06/2026

Aunque “Sangre Azul” parezca uno de mis últimos trabajos, en realidad comenzó en 2011 y lo estuve compartiendo en redes sociales. Todo surgió como una pieza de vídeo, un cuento de príncipes y princesas al estilo Disney. Tenía éxito por su sentido satírico y crítico, y vuelve a tenerlo con cada acontecimiento de la Familia Real.

De pronto, en 2015, por la gracia de M. Rajoy y su afamado ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, a quien atribuyen episodios tan nefastos para la democracia española como la Policía Patriótica y la Trama Kitchen, afirmó tener un ángel de la guarda llamado Marcelo que le ayudaba en tareas cotidianas, como aparcar el coche. En ese estado mental aprobó la nueva Ley de Seguridad Ciudadana y definió nuevos límites a la libertad de expresión en España, penalizando, entre otras muchas cosas, las ofensas a la Corona, a los sentimientos religiosos y otorgando privilegios a las autoridades judiciales y cuerpos de seguridad del Estado, que en numerosas ocasiones han puesto en evidencia el autoritarismo con el que se trata a los ciudadanos y la libertad de expresión en España. A día de hoy, en 2026, a pesar de la actual propuesta de reforma, la Ley sigue intacta y es perfectamente posible encarcelar a titiriteros, cantantes o artistas que no cumplan con los preceptos de la Ley Mordaza.

Al hilo de “Sangre Azul”, más allá de la disyuntiva entre república o monarquía, algo que lamentablemente no está al alcance de los españoles, reflexionaba sobre esa clase social guiada por la voluntad de las creencias, un Dios, un ángel de la guarda o alguien superior. El modelo de familia, la apariencia, los colores de la sangre, de la piel, la mutación y el mestizaje. Imaginaba una realeza tan privilegiada como disfuncional, que acabe estéril, atrapada en las contradicciones de su propia construcción, alejada de la realidad, víctima de unos principios que no son más que apariencia e imagen: un cuento en el que se omiten los acontecimientos y errores que les acreditarían como humanos.

Con este trabajo reflexionaba sobre ese tabú: la Realeza. Curiosamente, el reciente estudio The Crowns, que analiza las diferentes monarquías europeas, concluye que España es el país europeo más crítico con su monarquía, siendo el único de los siete analizados donde más de la mitad de la población prefiere la república. Un 48,5 % defiende la Corona frente a un 51,5 % de los españoles que apoya la república. Este estudio, que habla con datos de algo de lo que no se habla, recuerda a aquella campaña publicitaria que en los años ochenta llamaron “Acepta el reto de Pepsi”: «El 51 % de las personas que la prueban a ciegas eligen Pepsi. El sabor que gana».

Revisando mis trabajos en 2024, hice una selección de las imágenes para exponerlas en el Bar Cock de Madrid. Tenía curiosidad por verlas físicamente en una sala. Hay gente que se divierte con la estética rechiflante y el sentido del humor. También hay quienes querrían verlas expuestas en grandes dimensiones por su belleza; a otros, en cambio, les sirve para censurarme y negarme como fotógrafo o artista. A pesar de haber sido reseñado por autores y estudios internacionales como el de Magali Dumousseau: Réflexions autour du concept de álter-retrato…, curiosamente me he ido ganando el título de outsider en la ortodoxa iglesia de la oficialidad y, lamentablemente, tengo que responder que, a pesar de ser un extraordinario retrato de la época, aún no forma parte de la Galería de las Colecciones Reales ni se puede contemplar en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

El tiempo pasa tan veloz que la mejor forma que se me ocurre para celebrar y conservar la colección de imágenes de “Sangre Azul” es reunirlas en un libro, firmado y fechado, para su posteridad.

Ojalá este artículo sobre “Sangre Azul” sirviera también para mover conciencias y derogar por fin la “Ley Mordaza”.

¿Aceptarías el reto?

Martín Sampedro. 15/06/2026

 

 

 

Sobre «SANGRE AZUL» por Carlos Bardem. 2024

“Las monarquías no son eternas. No es ni puede ser perenne lo que obra del hombre”. Juan Donoso Cortés.

“La república es la regla de la ley, en la que nadie está por encima de ella”. Platón.

 

Con “Sangre Azul” el artista Martín Sampedro, a través de video y composiciones fotográficas, nos propone una reflexión sobre la monarquía española y, de ese modo, en inevitable contraposición, sobre la república. La que fue y la que será. Sobre las condiciones antinómicas de vasallo y ciudadano. Genera unas imágenes muy potentes, provocadoras, de la familia real -reinantes, eméritos e infantas-, que nos hacen alzar las cejas y esbozar una sonrisa mediante lo que algunos considerarán irreverencia, ¡bendita sea!, y para otros es solo retrato de una realidad. Acierta en personificar la desnudez y el fornicio de una familia porque esos individuos y no otros, encarnan la institución. Así que verlos de colores, en pelotas y follando, desnudos de la pompa y la circunstancia, de la reverencia impostada y la adulación interesada, nos da un primer mensaje muy claro. A la manera del cuento, descubrimos que los reyes de hoy y de ayer, sin la complicidad cortesana, están desnudos y así que la venerable institución no es sino un negocio familiar que se perpetua mediante el intercambio de fluidos, sin otro merito para ocupar la gerencia que descender de aventureros con suerte, procrear o nacer con un sexo y orden determinados. Al humanizarlos, al quitarles armiños, bandas y condecoraciones, surge de inmediato la ridiculez de la idea monárquica. ¿Para qué sirve un rey? fue un concurso para alumnos de primaria y secundaria que hacían dibujitos y redacciones laudatorias. Las mas satisfactorias eran entregadas al rey en un simpático acto. Siempre me quedó la duda, dando por sentado que hay niñas y niños muy inteligentes, de qué hacían con las que contestaban sinceramente sobre la utilidad de un rey. ¿Para qué sirve un rey? sigue siendo una incógnita sin despejar en las prolijas encuestas del CIS, que parece pensar que la ciudadanía sigue siendo infantil y díscola, así que mejor no preguntar.

 Reyes desnudos, reyes y reinas que follan y hacen princesas, reyes que evaden, que cazan elefantes y osos alcoholizados, que se meten una vez al año en algunos hogares-parece ser que la perfomance interesa cada vez menos-, solemnes como bustos de escayola para decirnos que la justicia es igual para todos y que les preocupa profundamente lo que esté peor ese diciembre: paro, precariedad, desempleo juvenil, vivienda.

Me fascina lo valleinclanesco del trabajo de Martín Sampedro, la ironía feroz, la utilidad del arte como pensamiento crítico, su denuncia mediante la desnudez y el sexo de una anacrónica cultura cortesana, que se metamorfosea convenientemente para perpetuarse: del campechano al preparado, del juancarlismo a la monarquía tiktoker que practican ahora. Tinglado familiar que es la clave del arco del régimen del 78 y la fabulada Santa Transición, del gatopardismo del poder.

En fin, hay mentiras que solo se mantienen porque nos empeñamos en creerlas, adornarlas, vestirlas, reverenciarlas por motivos cuasi mitológicos, así que viva la desnudez, ¡la verdad desnuda nos hará libres! ¡Salud y República!

Carlos Bardem

 

 

 

Sobre «SANGRE AZUL» por David Casa Peralta. 2013

 

Martín Sampedro es uno de los artistas más personales e inclasificables de España, un tipo que en silencio y libre de servidumbres lleva años creando una de las obras más sólidas de nuestro panorama artístico, por más que pocos museos se hayan enterado de ello es precisamente uno de los pioneros del arte digital y la fotografía, post fotografía en España, un tipo que tuvo éxito en los noventa vendiendo su talento para catálogos y anuncios de coches, y que ahora, centrado en sus obsesiones, no puede quitarse a la Monarquía de la cabeza.

Martín Sampedro pertenece a la selecta nómina de artistas españoles que aún tienen algo que decir con una forma radicalmente distinta. Entre los viejos y nuevos de lenguaje caduco e institucional y los modernos que se patean todos los espacios de coworking y espacios alternativos con sus looks copiados de revistas de tendencias -sin ideas, ensimismados en criticar de un modo facilón y reiterativo, aparentemente con la única aspiración de obtener alguna selección en un premio devaluado, o una portada en una revista de tendencias del estilo de Yorokubu, o, mucho mejor, algún contrato con Nike o J&B para decorar la fachada de una tienda o diseñar una serie de botellas o camisetas promocionales-, poco es lo que se puede encontrar de valioso, auténtico y con sentido en nuestro panorama artístico, algo que no sea burda publicidad. Cada vez es más difícil encontrar obras de arte que iluminen al espectador por su rotundo lenguaje formal y capacidad de crítica y reflexión. Obras que aún se puedan disfrutar sin tener que leer el farragoso manual de instrucciones con el que vienen acompañadas o que, nada más contemplarlas durante unos segundos, no sean pasto de la bandeja de reciclaje de nuestro cerebro de lo planas e inanes. Obras que doten a nuestras vidas y nuestra forma de contemplarlas y contemplarnos algún tipo de sentido, por más ridículo que este sea. Obras que se nos incrusten en nuestra cabeza como un remedio o una enfermedad, como un perfecto plano de metro con el que llegar a alguna parte o decidir detenernos.

Así es la obra de Sampedro. Conformada por una extraña mezcla de clasicismo y modernidad tan personal e intransferible que no resultará apta para los paladares más ortodoxos -tampoco, imagino, para los superficiales fanáticos del arte más cool-, sí será, sin embargo, desconcertantemente atractiva para aquellos raros dispuestos a dejarse sorprender por lo que es verdaderamente diferente. Porque en un mundo tan hiperreal como este, donde el fútbol son los rumores de fichajes y la elección del próximo balón de oro y el sexo una imitación de la pornografía, donde la crítica política y social en el mundo del arte está prácticamente desactivada por las migajas que da el poder, sólo artistas raros y ajenos a la institución y el sistema, ajenos a las servidumbres como Sampedro, pueden ofrecer las lecturas correctas que necesitamos los ciudadanos que aspiramos, hoy en día, a seguir siendo libres. Aunque sea a través de un recurso aparentemente tan simple como el de decirnos que “el Rey está desnudo”. O mejor dicho, la Monarquía entera. Porque en los últimos capítulos de su extensa y variada obra, el amigo anda empeñado en mostrar una y otra vez las vergüenzas de nuestra Familia Real, y, por extensión, las de todos sus súbditos.

En las fotografías y piezas de vídeo de la serie Sangre Azul  Sampedro nos muestra a una familia, más que real, hiperreal. Desnuda y perdida en espacios que ya no sabemos si son propiedades o cárceles, espacios de poder o de encierro, espacios de lujo y ceremonia o de corrupción. En ellos sus personajes apenas pueden moverse, y, cuando lo hacen, de una manera torpe y mecánica, sometidos a un automatismo burdo y gelatinoso, a una rutina interna que tiene poco de vida y mucho de muerte a pesar de que sus nuevas generaciones ofrezcan bailes sensuales con los que encandilar a una masa de súbditos-espectadores tan cansada como ellos.

La contemplación de las imágenes de Sampedro no deja lugar a dudas: autómatas o extraterrestres de sangre y piel azul buscando su propia razón de ser y de perpetuarse en espacios siniestros plagados de vacío y frío apocalipsis como la propia España; seres torpes y de piel viscosa y resbaladiza como la de los peces ahogándose en su irrespirable acuario; muñecos de superficies plásticas y bruñidas empeñados en reproducirse a través de un sexo burdo y de mecánica infantil, sin alma, necesitados imperiosamente de una mutación, de contagiarse del fuego plebeyo para perpetuar la caduca especie; seres que no ignoran que viven en una función, pero que parecen no haberse enterado de que ya están representando el último acto. En conclusión, una forma aparentemente sencilla, con las dosis exactas de kitch y de estética high-tech, de presentar una reflexión honda y perfectamente macerada sobre nuestra monarquía y el lugar que ocupa esta hoy en día en el corazón de sus súbditos.

David Casa Peralta (Panzi)